Convención

Palabras del Sr. Rector Oscar Maggiolo
en el Acto de Inauguración de la VI Convención de la
Federación de Docentes Universitarios del Uruguay (FDUU)

Agradecemos la invitación para usar de la palabra en .este acto de inauguración de la 69 Convención de Docentes Universitarios del Uruguay, oportunidad que hacemos propicia para trasmitir a Uds. un saludo cordial en nombre del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República y en el mío propio.

Esta Convención se realiza en momentos dramáticos para el país y para la Universidad.

Es en función de esta situación que la Convención cobra especial importancia y significación y es por ello que todos los que vivimos el quehacer universita­rio, esperamos de este evento pronunciamientos definitorios de reafirmación de los principios básicos de nuestra República, de la autonomía universitaria y de la indisoluble relación existente entre una Universidad libre y pujante con una patria digna y soberana.

La Universidad necesita perfeccionarse para ser la institución de enseñanza superior, de investigación científica y extensión universitaria, que el país nece­sita para formar sus cuadros profesionales, para ocu­par el sitio que como país civilizado nos corresponde, en el doble sentido de derecho y deber, en la forma­ción de la cultura universal, proporcionando pensa­dores originales y promoviendo su acción y su posibilidad de ejercer sus capacidades; creando los institu­tos de extensión y asistencia que promuevan la solu­ción de los problemas que el país necesita para la mejor explotación de sus recursos naturales, para pre­servar y conservar su salud, para mejorar su econo­mía y para repartir equitativamente justicia entre to­dos los habitantes de su territorio.

No pensamos que alguna de esas tareas básicas, la enseñanza, la investigación y la extensión, puedan ser consideradas más importante o tener prioridad sobre cualquiera de las otras dos.

Esta ha sido la doctrina universitaria en los últimos años y a mejor fundarla, el orden docente tiene hoy lo oportunidad de aportar criterios fundamentales, que signifiquen principios ordenadores de la acción de aquellos que en los próximos años, lo representarán en los órganos de gobierno universitario.

Y pensamos que este es un punto importante en la medida que esta doctrina no es generalmente aceptado sin reservas fuera de la Universidad y aún ocasional­mente dentro de ella misma.

E1 estatuto del Personal Docente cuyo texto se apro­bara en 1968 es coherente con esta manera de pen­sar, pero nos tememos que el mismo sea aún un texto al que mucho falta para que sea considerado, por la generalidad, como una doctrina que asigna equilibra­da importancia a las distintas funciones que él impo­ne al docente universitario.

La tendencia a considerar la enseñanza curricular como la tarea primordial del docente universitario, tiene aún sus adeptos y sostenedores, no comprendien­do quienes así piensan que no pueden formar autén­ticos profesionales y auténticos pensadores, quienes a su vez ejercen una docencia desarticulada, la ense­ñanza aislada, desprovista del ejercicio de las faculta­des del pensar auténtico y autónomo, la investigación científica, única vía que nos habilita para decidir nues­tro devenir por nosotros mismos y para resolver los problemas que ese devenir demanda sin apelar per­manentemente a la ayuda externa directa, que nos supedita a otros intereses que no son los nuestros y que por consiguiente tuercen nuestro destino de na­ción soberana.

La Universidad es un complejo organismo que, naci­do en Montevideo, ocupando un modesto lugar en la Capilla de los Ejercicios, donde se desarrollaba toda su vida docente y administrativa, hoy se extiende a todo el país, con cerca de una treintena de locales dispersos a lo largo y lo ancho de esta misma ciudad y con importantes instalaciones en el interior de la Re­pública, en Salto, en Paysandú y en Melo, proyectán­dose ubicar nuevas dependencias en otros departa­mentos, que sólo esperan un mayor desahogo econó­mico para poder cristalizarse.

Pero todo este complejo organismo que alberga unos veinte mil estudiantes, unos tres mil docentes y unos dos mil quinientos funcionarios administrativos, no se desarrolla obviamente sin que surjan a veces, contra­dicciones internas.

El equilibrado desarrollo de todos los sectores uni­versitarios, de acuerdo con las necesidades y para be­neficio directo del pueblo oriental, debe ser la guía única de nuestro pensamiento como docentes univer­sitarios, y es misión primordial de esta Convención establecer los principios básicos y los medios que ga­ranticen este proceso, salvaguardando la unidad y la armonía entre todos los universitarios, para integrar la fuerza de voluntades mancomunidas en un objetivo común: contener a los enemigos de afuera y de adentro, que en los últimos años han querido, sin poderlo, avasallar la institución y sus principios humanísticos tradicionales.

El país se va erosionando por una fuerza poderosa que pretende cambiar los principios esenciales que han sido el fundamento de nuestra República, sin pasar por las etapas previas del plebiscito que descuentan, les será adverso.

La Ley de Seguridad del Estado consagra disposicio­nes que son contradictorias con los principios republi­canos y liberales que, inspirados en la Independencia de los Estados Unidos de América y en la Revolución Francesa, constituyen la ideología básica de esta Repú­blica Oriental, principios que no han cambiado desde la Carta de 1830 hasta la que se consagra en el plebiscito de 1966, que rige actualmente.

El votar una ley en contradicción con la Carta fun­damental, como sus propios autores lo han reconocido, no es solamente un crimen jurídico, es por encima de ello el primer paso hacia la consagración de un esta­do autoritario, donde la libertad, los derechos huma­nos, la Universidad, quedan sometidos a los intereses de las minorías que ejercen el poder; es en consecuen­cia sobre todo, un crimen de lesa nación.

En quienes así obraron tiene la República sus prin­cipales enemigos; en ellos tiene la Universidad, defen­sora sin claudicaciones de esos principios, por vocación y por mandato de la ley que nos rige, los enemigos di­rectos que no nos perdonan nuestro apego a la liber­tad y nuestra resistencia a someternos a sus designios. Malos orientales y peores universitarios seríamos si ac­tuáramos facilitando la acción de quienes esperan, aga­zapados, cualquier manifestación de debilidad, para dar el golpe traicionero que someta a esta ilustre insti­tución, que en los 123 años que lleva funcionando, fue siempre abanderada de primera fila en la defensa de los derechos humanos y la soberanía nacional. Estos principios, profundamente arraigados en nuestro pueblo, tomados como base de la unidad universitaria, constituyen nuestra fuerza y la garantía fundamental para el país de que llegará el día en que los derechos hoy conculcados, renacerán como fundamento de una patria en que todos por igual disfrutaremos de nues­tros recursos y de nuestro trabajo.

Estamos en un año en que es necesario preparar el proyecto de Ley Presupuestal de los próximos cinco años. A través de este proyecto tenemos que afirmar el derecho de los uruguayos a gozar de la posibilidad de recibir enseñanza superior, el derecho de los universi­tarios a enseñar v pensar, de tener cátedras, laborato­rios, gabinetes y bibliotecas donde trabajar. El país tiene capacidad, de soportar una institución como la qué proyectamos, a poco que se le administre con un míni­mo de acierto y justicia. Por ello tenemos derecho a exigir, aulas, libros, bibliotecas, laboratorios y remunera­ciones que aseguren al funcionario universitario, cual­quiera sea su condición, una vida digna y plena, ausen­te de preocupaciones que no sean otras que las de cum­plir mejor con su misión, sin la tentación permanente de dejar el país si desea realizarse plenamente.

La experiencia vivida es amarga. Hemos perdido cin­co años para la Universidad, miles de millones de pe­sos nos han sido ilegalmente retaceados, prácticamente ninguna de las obras que el M.O.P. debió construir en el quinquenio, se ha realizado. Mientras la especula­ción, el vaciamiento de empresas y la fuga fraudulen­ta de capitales arruinan al país a la vista y paciencia de todos, carcomiendo la riqueza y el trabajo nacional, la Universidad ha debido vivir sin crecer, lo que en un mundo en permanente desarrollo es equivalente a re­troceder.

Eso, Sres.: es lo que hemos hecho en los, últimos años, no por falta de planes universitarios, no por falta de jóvenes que aspiren a cursar estudios superiores, no por falta de hombres que tengan voluntad para estu­diar e investigar. El retaceo nos ha sido impuesto por malos uruguayos que se han apoderado de esta nación que fue ejemplo en América, para sumirla en el atraso y la barbarie que sólo conocíamos, por lecturas, suce­día en alguna república antillana.

A la miseria, la prisión, la tortura, tenemos que res­ponder con planes que signifiquen voluntad de crecer, voluntad de vivir, voluntad de rescatar a nuestra República de la ignominia en que está sumida, voluntad de afirmar nuestra soberanía, hoy entregada por la inge­rencia permanente de instituciones extranjeras meti­das, para mandar y no para obedecer, en todos los rin­cones de la administración.

Nuestro presupuesto debe ser eso, un plan construc­tivo en medio de un alud de destrucción. Y por lo mis­mo que lo pensamos para rescatar al país del mal que lo corrompe y lo aniquila, es que debemos sentirnos con derecho a plantearlo y exigir su aceptación y su cumplimiento.

Esta debe ser nuestra lucha de hoy y de los próxi­mos días, y seguramente ésos próximos días serán mu­chos, meses. .. años, pero debemos estar seguros y tranquilos que con ella lucharemos por los auténticos intereses del pueblo oriental, y que ese pueblo nos apo­ya, por encima de las calumnias que se nos infieren permanentemente de palabra y de hecho.

Nuestra República ha estado siempre en la mira de quienes de adentro y dé afuera han tratado de someter­la y entregarla a la explotación del extranjero. No es casual que Joaquín Suárez, Presidente de la República el 18 de julio de 1849, en el acto de instalación de la Universidad dijera en la Iglesia de San Ignacio donde se efectuó la ceremonia: . . ."Este acto, decretado a más de once años, tiene lugar en los más críticos y so­lemnes momento de la República". . . críticos y solemnes como son los que hoy vivimos en momentos de inaugurar esta Convención, porque críticos y solemnes han sido la mayoría de los años que a nuestra patria le ha tocado vivir desde su independencia.

Para ser dignos de aquel patriota que fue Joaquín Suárez, que en pleno sitio tuviera un lugar en la men­te para pensar en la enseñanza superior de su país, es que hoy tenemos que actuar con serenidad y seriedad para pensar nuestra Universidad, que es pensar nues­tro futuro de hombres libres en una patria soberana.

Esto esperamos de esta Convención, que reúne a uno de los órdenes que por mandato natural, consagrado en nuestra Constitución tiene parte primordial en la responsabilidad de dirigir a la Universidad de la Re­pública, Universidad autónoma y por eso Universidad defensora de los derechos de su pueblo.

ADUR Central