¿Qué Universidad necesita el Uruguay?[1]
Rodrigo
Arocena
La
invitación para escribir este artículo, que mucho agradezco, me permite
intentar una pequeña contribución a la gran discusión que la República se debe
sobre su Universidad.
Para un Nuevo Desarrollo
El país está ante una oportunidad histórica, que podría no repetirse
por largo tiempo: cuenta con un nuevo gobierno progresista, con mayoría
parlamentaria propia y amplio respaldo ciudadano; la perspectiva económica es
claramente mejor que pocos años atrás. Cabe imaginar que Uruguay no se
adormecerá en la relativa bonanza, como le sucedió allá por 1950: demasiado
evidentes son la fractura social, la precariedad ocupacional y el fracaso de
las estrategias ensayadas en los ’90, así como las dificultades para hacernos
un lugar en un mundo donde los poderosos se ven reforzados por el nuevo poder
del conocimiento. Tenemos pues tanto la oportunidad como la necesidad de
impulsar un Nuevo Desarrollo, humano y sustentable.
Ello incluye varios aspectos en los cuales la Universidad de la
República (UR) debe ser un actor fundamental:
a)
la incorporación de conocimientos y calificaciones a toda la producción de
bienes y servicios, incluyendo los sectores denominados tradicionales, sin lo
cual no hay desarrollo económico;
b)
la ubicación de las necesidades básicas de la población al tope de la agenda de
investigación e innovación;
c)
la construcción de ciudadanía y la agilización del sector público;
d)
la generalización de la enseñanza avanzada y permanente, conectada con el
trabajo a lo largo de la vida entera.
La Educación Nueva
Desde la aurora de la civilización, la enseñanza superior ha sido
privilegio de minorías. En los países del “Norte” está dejando de serlo, lo
cual refuerza sus ventajas sobre el “Sur”. Dentro de cada país, contar o no con
una formación avanzada se refleja poderosamente en la desigualdad económica y
de influencia política. En la lucha contra el Subdesarrollo y por una sociedad
más justa, no hay perspectivas de éxito si no construimos posibilidades
educativas de calidad, donde la gran mayoría de la población pueda encontrar
sólidos apoyos para: (1) seguir aprendiendo siempre, incluso a nivel superior;
(2) desempeñarse creativamente en el mundo del trabajo; (3) ejercer activamente
la ciudadanía; (4) acceder a formas diversas de la cultura, y (5) capacitarse
para proteger y mejorar la calidad de vida, en materia de salud, ambiente,
convivencia, etc. Así debe ser la Educación
Nueva para todos.
¿Cómo hace Uruguay para generalizar la enseñanza permanente de nivel
terciario? Grosso modo, nacen en el país 50 mil uruguayos al año, menos de 20
mil acceden a alguna forma de enseñanza terciaria, y muchísimos menos culminan
ese ciclo. Eso es apenas la mitad del problema: además de abrir posibilidades a
unos 50 mil jóvenes por año, debemos ofrecer oportunidades a los no jóvenes que
quieran seguir aprendiendo.
El país no puede encarar tamaño desafío estirando el sistema de
enseñanza actual. Conjeturo que hace falta combinar dos niveles de acción:
(I)
Fortalecer y al mismo tiempo no sólo ampliar sino también y sobre todo diversificar la institucionalidad
educativa nacional.
(II)
Complementar lo que se hace en las aulas habituales con lo que se puede hacer
en las aulas potenciales, definidas
como los ámbitos (hospitales, fábricas, granjas, centros turísticos, estudios
profesionales, hoteles, laboratorios, comercios, medios de comunicación,
servicios, etc., etc.) donde una labor socialmente valiosa se realiza de manera
eficiente. Una antigua idea - combinar formación avanzada y trabajo creativo -
debe orientar la Educación Nueva; ésta no saldrá de las ensoñaciones si no
sabemos convertir múltiples aulas potenciales en aulas reales.
Inspira estas líneas la convicción de que la UR puede llegar a hacer
una contribución valiosa al Nuevo Desarrollo del Uruguay y, sobre todo, a la
construcción de su pilar fundamental, la Educación Nueva.
Las misiones de la universidad
La Reforma Universitaria latinoamericana - esa gesta original de
nuestra región, bautizada en las jornadas cordobesas de 1918 - plantea tres
misiones para la universidad: enseñanza, investigación y extensión. Más aún, el
auténtico proyecto de la Reforma es la interconexión de la tres misiones. Así
lo establece la propia constitución brasileña, aprobada en medio de la
activación colectiva democratizadora de fines de los ’80. Conviene recordarlo,
pues urge revisar las tres misiones universitarias y sus conexiones mutuas.
La primera no por más antigua deja de ser la principal. Recordemos dos
verdades elementales, pero no triviales. En sentido estricto, nadie enseña a
nadie; los docentes - cuando trabajamos bien y la suerte nos favorece -
ayudamos a nuestros estudiantes a aprender. Ese es el núcleo de la llamada
enseñanza activa, que cada generación tiene que redescubrir. La segunda verdad,
característica de una época en la cual “todo lo permanente se disuelve en el
aire”, es que lo único que se puede aprender de una vez para siempre es a
seguir aprendiendo siempre.
Ambas verdades ayudan a comprender que no se puede enseñar igual a
personas con diferente formación, de distinta edad o situación laboral,
provenientes de distintos medios socioculturales. En general, enseñar de manera
uniforme e igual a desiguales incrementa la desigualdad, porque aprovechan la
enseñanza sobre todo los que ya estaban en mejor situación mientras que gran
parte de los otros queda por el camino. Esa
es la realidad del Uruguay de hoy, injusta e ineficiente. Para cambiarla,
una alternativa es ofrecer carreras distintas, “a la medida” de la situación
inicial de cada uno: así está conformado en gran parte el sistema terciario de
Estados Unidos; es la misma idea que en nuestra sistema educación media llevó a
brindar formación intelectual, “bachilleresca”, a los sectores pudientes y
medios, ofreciendo una sumaria formación manual, “en oficios”, a los pobres. La
alternativa contrapuesta - propia de una ética de izquierdas - es ofrecer
trayectorias adecuadas a situaciones distintas para avanzar hacia las mismas
metas, enseñar diferente para igualar.
Eso supone una mutación de las prácticas educativas. Nada fácil le
será realizarla a la UR, pero ninguna institución nacional cuenta para ello con
una diversidad de capacidades semejante. Si la afronta sumando esfuerzos con
otras instituciones, podrá paliar la tremenda deserción actual - que empero
sobrevivirá en gran parte mientras no mejore el panorama social - y aportará
valiosas experiencias para enfrentar este problema de la enseñanza en
condiciones de desigualdad, el más serio que se le plantea a la Educación
Nueva.
En esta perspectiva, la conexión de la enseñanza con la investigación
y la extensión puede ser todavía más fecunda hoy que ayer, pues es cada vez
menos relevante “dar un programa” prefijado y más fecundo ayudar a que cada uno
aprenda a partir de lo que sabe y de lo que le gusta, que es como todos
aprendemos.
Ayudar a estudiar con espíritu de investigación - enseñando en ámbitos
creativos, donde preguntas y problemas abiertos aparecen una y otra vez - es
clave para aprender a aprender. Eso lo expuso de manera difícilmente mejorable
Humboldt hace casi 200 años - cuando planeaba la Universidad de Berlín -,
señalando al mismo tiempo la conexión inversa: acercar pronto a los jóvenes a
la investigación científica y tecnológica hace florecer lo nuevo.
Eso es decisivo para formar a mucha gente con capacidad para la
investigación y la innovación. Sin eso no se podrán afrontar los aspectos
económicos y sociales de un Nuevo Desarrollo, lo cual demanda además
revalorizar la extensión universitaria. En aras a la brevedad, trataremos de
manera harto esquemática esta cuestión central, olvidada por cierto en la
vigente Ley Orgánica de la UR. Entendemos por extensión la cooperación con
actores externos en la divulgación cultural y el uso socialmente valioso del conocimiento.
La extensión no puede ser una suerte de “carga extra”, apenas reconocida, que
sobrellevan algunos docentes y estudiantes, sino parte integral de la
enseñanza. Nadie debiera concluir una formación universitaria sin haber
realizado una experiencia de extensión, que puede significarle un aporte
invalorable, tanto para la preparación profesional específica como para la
cultura general y la formación ciudadana.
Integrar la extensión a la enseñanza permite combinar la formación
disciplinaria - por asignatura o carrera - con la formación interdisciplinaria
por problemas. Así se educa gente con una sólida preparación específica y,
además, capaz de interactuar con personas de otras especialidades,
particularmente en la solución de problemas prácticos, que a menudo no vienen
divididos por disciplinas. Esta capacidad de interacción es esencial para la concepción del Nuevo Desarrollo, la
cual, reconociendo los roles insustituibles del estado y del mercado, asigna el
principal protagonismo no a uno de ellos sino a una pluralidad de actores
colectivos capaces de interactuar positivamente, aún en medio de la
conflictividad inherente a la vida social.
Las metas esbozadas deben reflejarse
en el sistema de evaluación de los docentes de la UR, cosa que hoy sucede en
medida muy parcial. Una auténtica carrera docente tiene que incentivar la
combinación de la enseñanza con espíritu innovativo, la investigación cuya
agenda reserve un lugar relevante a los problemas nacionales, y la extensión
como cooperación múltiple de la universidad con la sociedad.
La estructura académica
La estructura actual de la UR
conspira contra las metas propuestas. Se la ha calificado, hace ya mucho
tiempo, de “confederación de facultades”; lo sigue siendo, pese a algunos
esfuerzos en contrario. Durante el siglo XX la UR se diversificó ante todo por
subdivisión de facultades, afianzando la estructura básica. El mismo efecto
tuvo la constitución de “áreas” que, pese a un comienzo diferente e innovador,
son agrupamientos de facultades.
La solución no pasa por suprimir las
facultades, por ejemplo sustituyéndolas por departamentos disciplinarios en los
cuales los estudiantes de todas las carreras irían a cursar matemática o
filosofía. Una misma disciplina debe enseñarse de maneras distintas a estudiantes
de carreras distintas, tomando como punto de partida sus intereses y formación
específica. Ofrecer como enseñanza un recorrido individual por distintos
departamentos sumando créditos es brindar una formación parcial e invertebrada.
Las facultades son insustituibles como ámbitos para concebir e implementar
planes de estudio flexibles pero bien vertebrados, como espacios para la forja
de lazos colectivos imprescindibles para aprender y para vivir, como lugares
para el ejercicio del cogobierno, como fuentes de identidad.
Las facultades son las columnas de
la universidad, pero un edificio no es tal si consiste en un bosque de
columnas: necesita también vigas, y éstas en la UR son demasiado débiles.
Necesitamos áreas “horizontales”, organizadas de acuerdo a la lógica del
conocimiento, como lo sugiere la experiencia del PEDECIBA (Programa de
Desarrollo de las Ciencias Básicas), en el cual gente de distintas facultades y
disciplinas afines colabora entre sí. Necesitamos centros interdisciplinarios
en los que personas de disciplinas diferentes aprende a colaborar para afrontar
cuestiones que - como la energía, el
ambiente o la emergencia social, entre muchas otras - exigen combinar saberes
muy distintos.
Fortalecer la dimensión “horizontal”
diversificaría la oferta educativa, contemplaría vocaciones cambiantes y
paliaría la deserción. Por ejemplo, alguien podría obtener un Diploma de dos
años en la Facultad de Ciencias, completar luego una Licenciatura en
Comunicación con especialización en periodismo científico y, a partir de su
experiencia laboral, acceder a una Maestría en Derecho de las Nuevas
Tecnologías.
Mil y una trayectorias como la
apuntada debieran ser parte del futuro. Lo dificulta la regulación actual de la
UR, que es una “confederación unitaria”, monstruo apenas registrado en la
ciencia política, donde cada parte tiene escasa autonomía (como pasa en los
estados unitarios), pero grandes posibilidades de trabar a la institución en su
conjunto (como sucede en las confederaciones).
En esa estructura, las mejores
intenciones suelen hundirse en el Mar de Sargazos de los trámites
interminables. La resignación ante la inevitable lentitud alimenta la
burocratización. Algunos funcionarios se sacrifican para mantener la máquina
funcionando; otros aportan mucho menos de lo que querrían y podrían en un clima
más estimulante. Y el tiempo se nos va.
Hace falta avanzar en la dirección
contraria: descentralizando un cúmulo de asuntos, ampliando la autonomía de las
“columnas” para decidir en lo que les es propio y, paralelamente, fortaleciendo
las estructuras “horizontales” para posibilitar un funcionamiento mucho más
ágil e influyente de la UR como tal.
Cogobierno y ciudadanía
El logro definitorio de la Reforma
Universitaria fue la conquista del cogobierno, con intervención directa del
estudiantado, como modalidad de la democracia participativa. Casi nadie niega
que ésta vive hoy una dramática crisis. Pocos observan que no podría ser de
otra manera en una “confederación unitaria” con alrededor de 70 mil estudiantes,
la mayoría de los cuales trabajan, en un mundo donde la participación tiene
casi todos los vientos en contra.
Gran parte de los estudiantes apenas
saben cómo funciona la UR; muchos hacen un esfuerzo por participar y se
descorazonan ante las demoras y laberínticas complicaciones; algunos dedican 48
horas por día al cogobierno y evitan que devenga mera ficción. Mantener
semejante situación no es deseable ni siquiera viable.
En una situación muy distinta de
aquélla en la que se proyectó el cogobierno, revitalizarlo exige cambios
estructurales. Vale la pena intentarlo pues: (1) es un derecho de profunda
raigambre democrática; (2) en la historia de la UR varios de los cambios más
innovadores y eficientes han estado ligados al protagonismo estudiantil; (3) el
cogobierno es una gran escuela potencial de ciudadanía. Esta significa
intervenir en la decisión de lo que a todos nos concierne y sólo se aprende
ejerciéndola, cosa que en estos tiempos no resulta fácil. La dimensión política
del desarrollo exige aprovechar la oportunidad para la construcción de
ciudadanía que supone el cogobierno para decenas de miles de jóvenes.
Revitalizar el cogobierno requiere
transformar una estructura que yuxtapone grandes y costosas elecciones en las
que poco se decide con trascendentes decisiones en las que pocos participan.
Requiere descentralizar, dentro de la institución y creando nuevas
instituciones: 2500 años de historia de la democracia muestran que ésta nace y
vive en la base, donde la gente puede y quiere empezar a participar,
interviniendo en la decisión de lo que mejor conoce y directamente le
concierne. No hay cogobierno participativo en una universidad de 200 mil
estudiantes.
Siendo el cogobierno un componente valioso e inusual de la formación
que la UR ofrece a sus estudiantes, debiera ser integrado a las tareas
curriculares, para que todos tengan una oportunidad sustantiva de ejercer la
ciudadanía. Aquí también hace falta imaginación, audacia y tenacidad.
Impulsando un país de aprendizaje
Un Nuevo Desarrollo implica
construir un país de aprendizaje permanente. Anotemos algunas de sus múltiples
facetas.
Como varios lo sostenemos desde hace
ya tiempo, se necesita una red coordinada de instituciones públicas de
enseñanza terciaria, autónomas y cogobernadas. Convendrá ensayar diversas
estructuras, teniendo en cuenta las dificultades y oportunidades de cada
geografía social. Lo que no se debe hacer es reproducir la divisoria
decimonónica de la enseñanza en una variante “técnica”, corta y precaria, y
otra “verdaderamente universitaria”. El surgimiento y consolidación de esa red
terciaria diversificada requiere el apoyo decidido de la UR que, si lo brinda,
estará dando el espectáculo poco frecuente de una institución dispuesta a
erosionar su propio cuasi monopolio. La medida en que lo haga será una buena
medida de su compromiso con el país.
Combinar la enseñanza avanzada con
la investigación y la extensión es imprescindible para formar gente de alto
nivel que no se vea impulsada a emigrar, pues puede encontrar o crear ocupación
más allá de la academia, por su capacidad para resolver problemas, lo que la
impulsa a seguir aprendiendo. La combinación de las tres misiones
universitarias es una vía maestra para introducir lo nuevo en las prácticas
colectivas, vale decir, para la innovación.
La UR debe profundizar lo mucho de
bueno que ha hecho ya en su colaboración con el sector productivo, para
fortalecerlo, para abrirle espacios allí a sus graduados y no para
sustituirlos, para enriquecer su propia labor de investigación y no para
reemplazarla por consultorías rutinarias, para anticipar las necesidades del
futuro. El software es hoy un sector estrella de la producción uruguaya porque,
entre otras razones, ayer hubo pioneros que promovieron su estudio a alto nivel
en la UR cuando nadie pagaba por ello. Priorizar la extensión significa prestar
oído atento a la demanda social de hoy y de mañana, sin reducirla a la “demanda
solvente”, la de quienes pueden pagar por el conocimiento. Una institución
pública debe colaborar con múltiples actores colectivos, en especial los más
débiles, para que aprendan a resolver cada vez mejor sus propios problemas.
Recursos y compromisos
Discrepo con el cobro de matrícula
universitaria: aporta poco, ahonda la desigualdad y desalienta a muchos. Discrepo
con limitarse a reivindicar, en el formato actual, mayores recursos estatales.
Estos son imprescindibles, subrayémoslo, pero siempre serán insuficientes para
generalizar la enseñanza avanzada y permanente. La situación actual es además
injusta, pues no muchos logran culminar una carrera universitaria, lo que
moralmente genera deberes. Estos deben implementarse bajo formas que no
debiliten al país de aprendizaje sino que lo fortalezcan.
Cuando haya un impuesto a la renta,
los profesionales universitarios podrían hacer un aporte monetario a la
enseñanza en función de los ingresos que su preparación les permita obtener.
Antes de graduarse, los estudiantes podrían colaborar con las tareas
universitarias, por ejemplo en la enseñanza, haciéndola más activa y de paso
afianzando su propia formación. Los funcionarios universitarios, docentes y no
docentes, podríamos aportar más esfuerzos e iniciativas para un mejor y más
ágil uso de los recursos disponibles. De paso, digo una vez más que habría que
ofrecer a los funcionarios no docentes la oportunidad de participar en el
cogobierno. Los que hemos tenido el privilegio de acceder a una formación
terciaria podemos devolver a la sociedad algo de lo que nos dio colaborando a
que las aulas potenciales - los ámbitos donde una tarea socialmente valiosa es
desempeñada eficientemente - amplíen los espacios y los recursos para la
enseñanza.
Casi todo lo sugerido va contra los
corporativismos que, según se repite a diestra y siniestra, nos dominan. Tengo
para mí que esto es efectivamente así cuando no hay capacidad de convocatoria a
grandes esfuerzos colectivos. La hubo en etapas fecundas de nuestra historia,
en las que afloraron en la República entera generosos compromisos con su
Universidad.
El programa y el movimiento
Programa y movimiento colectivo importan poco, dicen los realistas: lo
que cuenta son los votos para ganar y los pactos entre élites para gobernar.
Por lo general, desgraciadamente tienen razón. No en los momentos de viraje.
La universidad latinoamericana precisa una Segunda Reforma, para la
cual se han esbozado aquí algunas sugerencias. Desubicada o demagógica sería
una conducción universitaria que planteara una transformación de envergadura
semejante si no existe un programa construido y asumido por un movimiento,
cuyos integrantes quieren participar personalmente en los cambios de los que el
protagonista será el colectivo.
En la UR, un movimiento semejante ha de tener a la FEUU como cimiento,
pero por supuesto debe incluir a mucha gente de todos los órdenes y gremios.
Así se podría contribuir a que el cincuentenario de la Ley Orgánica - aprobada
en 1958 en medio de una gran activación colectiva - se conmemore viendo nacer
una Ley de Enseñanza Terciaria y Superior.
¿Qué Universidad necesita el Uruguay? La que transformándose a sí
misma coopere cada vez mejor con otras instituciones y actores en un Nuevo
Desarrollo del país, al tope de cuya agenda figure una consigna: todos
pueden siempre seguir aprendiendo.