Estimados
colegas docentes de ADUR,
Es con alegría que he recibido a
convocatoria a la Convención de mayo, centrada en un temario - que entiendo y
tomaré como no excluyente - que aborda temas, hasta diría que los temas, realmente centrales.
Desde la experiencia docente y la
particularísima del decanato puedo decir con toda propiedad algo que se podría
creer obvio: No hay co gobierno sin participación. Cuando esto se vive
cotidianamente se aquilata el real peso de la afirmación. El intento de co
gobierno sin participación real lleva a discusiones estériles y estereotipadas,
en que hasta se sabe qué va a decir cada quién antes de que hable, y que versan
más sobre los síntomas que sobre las causas, o más sobre las formas que sobre
los contenidos. A su vez, la necesidad cotidiana de gobernar sin conseguir
participación puede llevar a decisiones poco discutidas y por lo tanto poco
elaboradas, pues la elaboración necesita múltiples actores con libertad de
espíritu. La tentación de no fomentar la discusión para poder decidir
ejecutivamente es frecuente, y entonces no se fomenta el co gobierno. Si se
tratara de hablar de culpas, la esencial es la falta de participación y por lo
tanto es de todos, por omisión.
Merecería un análisis muy fino, para el que
no sé si se tienen elementos suficientes, el tema de la formación política
universitaria - que no puede separarse de la formación política a secas -
después de la intervención. Me refiero a la política como herramienta clave en
la resolución de conflictos - bienvenidos, pues son el móvil de la evolución -
en forma colectiva. Me permito una cita bastante larga porque es enormemente
pertinente e ilustrativa. Pertenece al libro Présentations de la philosophie,
de André Comte-Sponville.
" La política presupone el desacuerdo,
el conflicto, la contradicción. Cuando todos están de acuerdo (...) no hay
política. Pero cuando cada cual vive aislado o sólo se ocupa de sus pequeños
asuntos, tampoco la hay. La política nos une oponiéndonos: ¡nos opone de la
mejor forma de unirnos!
....
La política, como el mar, comienza una y
otra vez. Es un combate, y es la única paz posible. Es lo contrario de la guerra,
y esto dice bastante de su grandeza. Es lo contrario del estado de naturaleza,
y esto dice bastante de su necesidad.
....
¿Qué es la política? Es la vida en común y
conflictiva, es el arte de tomar el poder, de conservarlo y utilizarlo. Pero es
también el arte de compartirlo; porque, en verdad, no hay otra forma de
tenerlo."
En la Universidad se han procesado poco - y
sobre todo, poco políticamente -los conflictos. Con muchos de ellos convivimos,
enfrentando falsos dilemas y sin avances significativos; sin saldar
discusiones. Por ejemplo falsos dilemas entre investigación y extensión,
investigación y enseñanza, convenios y no convenios, que siguen sin solución
dialéctica y se expresan por síntomas recurrentes, en lugar de por su esencia.
Preocupa (al menos, me preocupa) saber por
qué, después de la intervención, se formaron bastantes buenos académicos y tan
pocas cabezas políticas. No es, no podría ser, un fenómeno exclusivo de la
Universidad. Pero incide muy intensamente cuando la institución aspira, por su
propia ley constitutiva, a ser co gobernada. Esta falta de participación, a
veces llamada crisis de los claustros, debería ser uno de los centros de la
actividad de los gremios y también de los docentes, estudiantes o egresados en
tanto que tales. La responsabilidad de ser grado 5, por ejemplo, conlleva el co
gobierno. Y la formación de jóvenes docentes implica formarlos científicamente
y también como docentes en la integralidad del concepto.
En suma, el co gobierno está funcionando
poco, restringidamente, muchos temas le pasan por el costado (muchos y largos
Consejos Directivos Centrales avalan que la afirmación no es liviana) y todo el
esfuerzo que se dedique a su mejora estará bien empleado, en tanto se acumule,
se atesore el fruto de las discusiones y se enfoque la raíz de los temas,
saldándolos a través de consensos.
Empecé por la capa más interna: la
mentalidad, la actitud, la cultura, los contenidos, porque creo que sin eso no
hay forma organizacional ni jurídica que encienda la vida universitaria.
También se debe reconocer que hay formas
que ayudan y otras que no ayudan. La organización de la Universidad está
concebida para otra época y escala. Ser decano era una ocupación parcial,
compatible con el ejercicio profesional, para dar un ejemplo del cambio en la
situación. Se ha tratado de fortalecer la capacidad de gestión mediante
institutos como los asistentes académicos, p. ej., que sin duda contribuyen
pero no cambian una forma de gestión que está desajustada, y lleva a los
organismos principales a agotarse en la discusión de cuestiones circunstanciales.
Las facultades sin voto o las condiciones de acceso a los cargos de gobierno son
ejemplos de desajuste a la realidad. Hay desajustes aún más profundos, como la gran
dificultad de movilidad o cooperación entre facultades, o entre proyectos, las
estructuras de cátedras rígidas, las duplicaciones de temas, los niveles académicos
no consistentes y tantos otros. La Ley Orgánica tiene enormes valores; por eso
mismo debe y merece ser revisada. Las condiciones actuales, con todas las
críticas que puedan merecer, se resumen en una frase: Si no es ahora, ¿cuándo?
Estas reflexiones conducen hacia la
apertura de la Universidad al medio. En efecto, debería interactuar mucho más
con la nación, tanto aportando conocimiento como discutiendo democráticamente
sobre su propia evolución y la gestión de sus cambios. Merece destacar la
política de buenas colaboraciones (mediante convenios u otras herramientas),
que ha permitido por una parte verter conocimiento en forma directa en temas
relevantes e incluso estratégicos, y a la vez crear idoneidad y grupos de alta
dedicación frente a la presión de un mercado laboral demandante.
Pero en este momento del Uruguay, frente a
una sociedad trágicamente fragmentada, y a la vez con un esfuerzo nacional en
superar ese estadio y en promover la productividad, la Universidad debería
brillar, ocupar un rol absolutamente clave, y el hecho es que desde afuera se
la ve poco.
El aporte al medio se relaciona con las
falsas disyuntivas a las que quisiera volver. También puede parecer obvio, pero
a veces hace falta que se enuncie lo obvio: que investigación, desarrollo,
innovación y producción forman un ecosistema que no puede ser fragmentado si se
aspira a tener capacidad endógena. Y también: que las finalidades
extensionistas no pueden obliterar la exigencia de máxima calidad académica. O
la aparente disyuntiva entre calidad y pertinencia; basta decir que si algo no
es de calidad nunca puede ser pertinente. Si la Universidad sale, no a dictar
cátedra sino a buscar soluciones junto con otros ciudadanos, y no lo hace con
la máxima auto exigencia, más vale que no salga. Poco importan las
clasificaciones de las herramientas, o las discusiones sobre si los convenios o
los consorcios o las fundaciones o los institutos (que son herramientas) son
extensión, investigación o enseñanza o cuartas posibilidades (que son
actividades). El tema central es volcar conocimiento al medio y crearlo en él y
con él, haciendo investigación, enseñanza y que todas esas actividades aspiren
a la máxima calidad.
Lo que sería dilapidación y mal ejemplo en
cualquier país y sobre todo en uno pobre es emprender actividades sin exigencia
de calidad. Es malgastar recursos, sobre todo los más preciados que son el
trabajo y la inteligencia.
Vale la pena reflexionar un momento sobre
el significado de la palabra calidad, que en general usamos en contexto académico.
En el contexto industrial, en los sistemas de gestión de la calidad, su nivel
se mide como el grado de correspondencia entre los objetivos y los resultados,
e implica una altísima exigencia, aún, (y a veces más) cuando los objetivos
pueden en un análisis superficial parecer modestos, como se podría creer en
relación con algún pequeño programa de extensión. Si el programa de extensión
no modificó la realidad en algún sentido en forma sustentable, la calidad
medida de esta forma es nula. Y si la modificó tuvo que dar un trabajo enorme,
que requirió gente de muy buen nivel y capacitada, y seguramente el proceso
dejó enseñanzas y nuevo conocimiento. En suma, la visión académica y la
industrial no son tan distintas. Bien entendidas, son casi lo mismo.
El principio de calidad aplica, por
supuesto y en forma especialmente relevante, a la enseñanza, a la formación de
profesionales o de universitarios. Indica que debemos aspirar a grados y post
grados de muy buen nivel internacional. Afortunadamente, y gracias al trabajo
persistente de muchas personas, en la Universidad hay varios. Su nivel debe ir
siempre mejorando. Toda reforma en los planes de estudio o sistemas educativos
- ha habido y habrá muchas - debe mantener el norte de ofrecer formaciones de
muy alta calidad, que constituyen la continuidad de la vida académica de
cualquier disciplina y la posibilidad de real innovación en el sistema
productivo.
Un tema de la mayor trascendencia nacional,
y por ende también universitaria, es el sistema de enseñanza globalmente
concebido. Cito sólo dos piedras angulares: la interacción entre la Universidad
y la formación docente y la enseñanza terciaria no universitaria (no sólo
tecnológica). Un esfuerzo consistente y persistente en este sentido, fruto de
un amplio debate democrático y de un consenso que incluya a la enseñanza, la
producción y el trabajo, sería una tarea muy difícil y demandante, pero que
cambiaría sensiblemente al Uruguay que ven los jóvenes, desde las primeras
fases de la educación a las perspectivas de trabajo y de integración.
A modo de sumario y con riesgo de
esquematizar, señalo como puntos clave:
. la participación y el co gobierno para
procesar políticamente los conflictos que hacen evolucionar
. la apertura de la Universidad al país,
tanto colaborando en la resolución de problemas o en la elaboración de
programas como discutiéndose a sí misma
. la integración de las actividades de
enseñanza, investigación y extensión buscando la máxima calidad
. la búsqueda de sinergias y adecuada
asunción de roles en un sistema nacional de enseñanza, abierto, diverso y
abarcativo.
Si la elección de un rector se hace en el
marco de una discusión profunda y participativa, con miras hacia el largo
plazo, que es uno de los cometidos de las Universidades, valdrá la pena por sí
misma y generará apoyos y compromisos sólidos, que permitirán un co gobierno
real.
Tendría mucho más para reflexionar y decir,
pero entiendo que la respuesta adecuada a vuestra demanda es una síntesis altamente
jerarquizada. Y como se dice, “Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aun lo
malo, si breve, menos malo”. Es de Baltasar Gracián; en general no se cita la
segunda parte, que aquí es la que viene al caso.
Esperando que el presente pueda constituir
un aporte más para pensar en la Universidad y en su rol en la sociedad, siempre
por la positiva y con horizonte amplio, los saludo fraternalmente.
María Simon, abril de 2006.